Moretones

 Moretones

Al llegar a esta casa, ya sabía su historia. Sabía de la pareja que antes había vivido aquí, sabía que las cosas no habían ido bien entre ellos. Incluso sabía quién había vivido antes de ellos y que tenía un perro.

Recuerdo cuando la vinimos a ver antes de decidir alquilarla ya noté una especie de ausencia. Los marcos blancos de los portarretratos colgaban de la pared sin fotos, las plantas tenían un aspecto sombrío, quietas, tratando de subsistir. El patio terminaba de delatar el desuso prolongado, los frutos de los árboles de la vereda estaban desparramados por el suelo, aunque sin pisar. La mesa y las sillas permanecían guardadas en una funda, al resguardo de quién sabe qué.

A pesar del abandono, decidimos quedarnos con ella. En ese entonces, no teníamos mucha opción. Cuando no contás con muchas opciones, corrés una especie de desventaja. Aunque, a decir verdad, las cosas que se presentan lo hacen en su estado más puro; no necesitan embellecerse para convencer a nadie. Es lo que hay y punto.

Al poco tiempo, nuestra presencia latía hasta en los rincones más escondidos de la casa. Al fin, un lugar propio después de mucho tiempo. Al contrario de gastarse con el uso, las cosas parecieron cobrar vida nuevamente, como si gozaran, o al menos disfrutaran, de nuestra presencia.

Una de las cosas que rescatamos fue una bicicleta. De ambas ruedas, pudimos conservar una gracias a unos parches; la otra hubo que comprarla nueva. No sé a quién perteneció originalmente ni cuál es su historia, pero presiento que lleva aquí unos años y que no fue muy usada. La cadena se sale seguido y, al tratar de ponerla, me ensucio las manos de grasa, quedando negras y algo pegajosas. La compartimos, por eso, cuando quiero usarla, me fijo la altura del asiento y veo si debo bajarlo o no. Al principio, me costaba bastante bajar el tubo de acero sobre el que se apoya el asiento; ahora podría decir que lo hago más rápido, aunque sigo renegando de hacerlo.

El paseo que hago siempre es el mismo: cruzar la autopista por el puente peatonal. Suelo cruzarlo caminando con la bici al lado, ya que me da vértigo. Luego bajo a la playa y decido si ir a la izquierda o a la derecha. Últimamente estoy eligiendo la izquierda, porque hay menos gente y también porque, en un punto del recorrido, hay un camino de cemento que se extiende sobre la playa y me permite llegar pedaleando hasta el agua. No hasta la orilla, sino entrando en el mar.

La última tarde que hice ese camino, al entrar al mar pedaleando sobre el sendero gris y apagado, me quedé más de lo habitual. Incluso bajé de la bicicleta y la dejé sobre el cemento. Elegí sentarme en las últimas piedras, pudiendo de esta manera estar cerca del agua. Aún hacía calor, por lo cual, si me mojaba, no había mucho problema. Allí, casi tocando el agua, fantaseé con la profundidad. ¿Cómo se sentiría hundirse lentamente, dejar de percibir la superficie y sus colores, tocar la oscuridad?

En el camino de vuelta, cuando intenté bajar de la bicicleta mientras aún estaba en movimiento, raspé la parte interna de mi pierna derecha con el pedal de ese plástico negro que no es perfectamente liso, sino más bien áspero. En el momento, no sentí dolor alguno y seguí pedaleando paralelo a la autopista. No fue hasta que bajé de la bicicleta para cruzar caminando el puente peatonal cuando me di cuenta de la serie de moretones que, de repente, habían aparecido de una manera sutil, pero presente.

Pensé en ellos como la marca que un objeto, fiel a otro cuerpo, podría dejar. Pensé en la casa. Pensé en sus marcas y en los cuerpos que la habitaron.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

Agua corriente

Instrucciones para construir una casa