Como arquitecta, no tengo experiencia. Nunca construí nada, o mejor dicho, nunca materialicé algo. Construir, por no decir imaginar; imaginar, eso sí lo hice mucho. Pero eso no cuenta como experiencia. No se pone en el currículum: "Imaginé mi casa de mil maneras distintas, fantaseé con distintos estilos". Quise construir una casa nueva desde cero, comprar esos mantos de césped y plantarlos en el jardín, eligiendo especie por especie las plantas que me gustaría tener. Comprar las griferías más modernas que existieran, investigar todo tipo de carpinterías y, finalmente, elegir unas alemanas de última tecnología, capaces de abrirse de distintas maneras dependiendo de lo que se necesite. Se abren de lado, como una puerta, y también, si se quisiera dejar un poco abierta para que entre el aire de la tarde o de la mañana, se inclinan —creo que son 45 grados— hacia abajo. También soñé con heredar una casa vieja, pensada y diseñada para personas de otros tiempos, con costumbres y vi...
Vivo cerca del río, viví cerca de mares y arroyos. Viví en la llanura que se expande silenciosa, casi sin testigos, salvo algunos incapaces de traducir sus mensajes, pero testigos al fin. En la llanura, como en las montañas, el agua siempre encontró sus maneras de llegar a mí. Lo tomo algo personal y pienso que debe querer estar cerca mío, pero es lo que el agua hace correr infinitamente, encontrar maneras de llenar huecos y a la vez vaciarlos. Fluir en el territorio hasta encontrar un claro, acaso, un lugar en el cual permanecer momentáneamente o al menos parecer que permanece. Esta semana fue de lluvias y quise bajar al ver el río. Habría subido, habría aumentado su cauce, el cual suele parecerse a un hilo que corre inmóvil, día tras día, fijo y momentáneo a la vez. Acostumbrada a los arroyos de mi ciudad, que se rebalsan en los meses de lluvia, llegando a veces a lugares indeseados, este me pareció apenas crecido. Noté su crecimiento, ya que algunas de las islas de vegetación que te...
Me pinto los labios tímidamente. Me pinto los labios sobre una capa de manteca de cacao, esperando que el color resbale, que patine sobre mi boca y, al cabo de unos minutos desaparezca por completo. Al llegar al metro el color casi no existe como si nunca lo hubiera aplicado. Sin notar en absoluto mi presencia (ni mi boca pintada), una chica se sienta frente a mí con los auriculares puestos y la vista perdida en su teléfono. A veces pienso que soy la única en esta ciudad que todavía presta atención a las personas. Las observo sin vergüenza, las analizo, las estudio pero nunca nadie aun me ha devuelto la mirada. Me siento un poco tonta al notar el detalle de su boca pintada de un rojo vibrante, llamativo, que no tiene nada que ver con la mía. La mía apenas insinúa color, como si evocara la intención de estar pintada, pero no lo estuviera en absoluto. Cada día al pararme frente al espejo ocurre algo extraño. El deseo de unos labios vibrantes existe, pero...
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